Tiempos violentos con sabor a olvido

Aquella noche, después de algunas horas con el frío como tormento Jacinto supo la respuesta, Matilde no regresaría, el plazo se había cumplido, la cita había expirado. Con la mirada perdida Jacinto caminó por horas, pensaba, imaginaba, se volvía loco por buscar respuestas que jamás llegarían, como si el mundo sintiera su pena la noche se volvió sobria, el brillo de la luna se opacaba, el aire enfurecía y las primeras gotas empezaron a caer, una por una fueron mojando el rostro de Jacinto, las lágrimas se confundían, lo único que delataba su tristeza era el rojo de sus ojos y aquel sentimiento de vacío y de pérdida que inundaba el corazón, desde es momento caminó por horas, sin sentido, sin dirección y sin vida en el instante, reclamos y peticiones de muerte, “Dáme la muerte señor, te lo pido”.

Las horas pasaron, no existía un rincón seco en el cuerpo helado de Jacinto, su movimiento era lento, casi mecánico, la noche duró años, caminando, corriendo, cayendo y arrastrándose por el sendero de la vida, llegando a la parte más elevada del camino Jacinto se postró sobre la orilla, tenía dos opciones, saltar o seguir viviendo, tenía dos caminos, olvidar por olvidar o caminar teniendo presente lo pasado, condenar los errores o resolverlos con un presente y un futuro seguro, que no volvería, las horas pasaron, el cuerpo inerte de Jacinto era un objeto más del paisaje lúgubre y sombrío que ofrecía la madre noche. Repentinamente una lechuza apareció junto a Jacinto, con la mirada perdida hacia el horizonte tal cual él lo hacía, movimientos imitados cuando decidió observarla, fijaron su mirada y al unísono la orientaron nuevamente al horizonte, la fe estaba perdida no podían ser señales divinas, solamente podría ser el reflejo de su soledad que le permitía verse frente a frente, observar su patética figura, era aquella soledad que le obligaba a saltar de aquel risco, que le gritaba con los ojos aquella soledad y aquel vacío que su alma sentía.

La decisión había sido tomada, Jacinto aún con la mirada perdida lo pensó horas bajo aquella lluvia torrencial, caminó hacia atrás, 5 pasos, 10 pasos, 15 pasos, y lentamente giró el rostro para salir corriendo al precipicio, no era una decisión fácil, tampoco había sido difícil, la indiferencia de Matilde lo había cegado, aquellos pasos acelerados fueron eternos, antes del último paso antes del vacío aquella lechuza emprendió el vuelo mirando hacia atrás encontrando los ojos de Jacinto y extendiendo un gracias.

Los primeros rayos de luz asomaban tras el horizonte que teñía al cielo con un color rojo cual la sangre de Jacinto, todavía caía tierra de aquel risco, un paso antes de saltar Jacinto detuvo su carrera y gritó con toda su fuerza, fue tal aquel sonido que miles de aves volaron despavoridas como si tuvieran coraje o miedo del acto de aquel hombre, miles de animales corrieron, el sollozo fue tremendamente terrorífico como el grito desesperado de un hombre que muere al ver morir lo que más quiere.

El regreso fue lo peor, cada paso del camino le recordaban a Matilde, momentos, lugares, imágenes, situaciones y preguntas, la vida le jugaba una mala broma, aquella canción de fondo cuando caminaba junto a la cantina “Amarte duele, no tengo porque cederte, yo sin ti ya no siento nada, rómpeme en cachitos bajo la almohada, amarte duele”, recuerdos de aquella tarde, cine, compras y el amor de estacionamiento que provocaba empañar los vidrios como experiencia religiosa que se repetía bajo risas y nervios locos, que explotaba los sentidos y que al abrir los ojos se esfumaba tras la realidad atónita de aquel hombre que había decidido que valdría la pena el dolor.

El tiempo pasó, Jacinto llamó en varias ocasiones recibiendo la misma respuesta día tras día durante una catorcena, el olvido era la única respuesta, las llamadas calmaron, los detalles siguieron y la respuesta siempre fue la misma, el único avance fue un pequeño descontrol de Matilde al sentirse confundida y aceptarlo tras una llamada, al fin del día, la respuesta siguió siendo la misma, las ganas no cedían, el corazón latía pero cada vez menos, los rechazos y la indiferencia se volvieron el día con día, Jacinto poco a poco entendía que el tiempo no cura nada, que el tiempo solo sana aquello que importa más, y para Jacinto el amor no se olvidaba pero la insistencia se cansaba. Los días transcurrieron, las ganas de salir volvían, ser mejor por la conciencia de saberse capaz, no por ella sino por él, los errores se miraban desde fuera, incluso se llegaba a comprender a Matilde en muchos aspecto y en otros simplemente las respuestas nunca llegarían.

En algunos momentos la soledad llegaba de improviso como algún invitado que olfatea la cena cuando esta ya está servida, las lágrimas eran el platillo y el recuerdo la bebida, muchas veces visitó aquella colina, parado sobre el risco viendo el sol poniente y el rojizo de los cielos, pensando en ella, idealizando y pidiendo que sea feliz, noticias llegaban a cuentagotas Matilde salía se divertía y gozaba esa libertad que antes añoraba, después de unos días Jacinto decidió hacer lo mismo, despejarse, supo que Matilde se molestó del hecho por un amigo cercano, pero sabía que había dado todo, que había ofrecido el alma y que ésta seguiría ahí hasta que el amor aguante.

Tras el paso de los días la necesidad de escucharla ha disminuido, los detalles han cedido y le han dado paso al olvido para que trabaje y haga lo que sabe hacer, la atracción de una mirada ha renacido, hoy existen inquietudes, hoy existen intenciones, el amor no acaba, jamás se ha negado, el hablar mal no ha sido cuento de Jacinto, al contrario, la defiende en cada paso, en cada puerta y en cada palabra contra ella, Matilde sigue siendo un pilar, un motivo, pero hoy Jacinto sabe que puede vivir sin ella, pero no quiere hacerlo, hoy por hoy, Jacinto conoce el verdadero amor y no trata de enterrarlo, deja que fluya, no lo maldice, lo enfrenta y si tuviera la oportunidad de volver a vivirlo y sufrir de la misma forma lo haría sin pensarlo un solo instante, el amor es aquello que da sin la intención de recibir, hoy Jacinto llama para decir te amo sin la intención de ser correspondido, hoy Jacinto vive y lucha por ser mejor, aunque el tiempo y el destino lo alcancen día con día, el sabe correr y esconderse con su amiga la Luna.

De Matilde no se ha sabido mucho, que camina y vive, que no está plena pero tampoco extraña, Jacinto se prepara para un viaje de algunas semanas, sabe que se aproximan tiempos violentos con sabor a olvido, que lejos estará mejor, que la extrañará y le llorará alguna noche, pero lo vuelve loco pensar si Matilde lo extrañará, le llamará o simplemente lo olvidará como la noche olvida al sol al amanecer, como el fuego al agua o como el sol poniente a la vida marchita de un amor que funciona plenamente sin lo esencial, el viaje será un alivio, las miradas extrañas e inquietantes serán extrañadas y Matilde será venerada, hasta que el amor aguante.

3 comentarios to “Tiempos violentos con sabor a olvido”

  1. Ignatiusmismo Says:

    Me ha gustado mucho. Enhorabuena. Saludos.

  2. Luis R Says:

    Wow!!

  3. robertsonvazquez49 Says:

    Gratulacje!!!! Faktycznie na tylu metrach masz sie gdzie chowac, ale miejmy nadzieje ze bedzie dobrze :))) Click http://pepij.nl/dukcc100645

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: